Y el canto que no cesa

Atrás quedó ya le campo de batalla, las penas y la dura lucha. El fuego, la sangre, las cenizas del otro lado de las puertas. La brisa del mar arrastra lejos de nosotros el hedor de la vida triste. Ahora ya, cerrada noche de luna clara, enclaustramos a los fantasmas que nos persiguen y atormentan.

Hemos vencido, hoy no hay dolor. El pueblo ruge, agitando los aires plutónicos con un bramido de mil voces como una sola. ¿Son aullidos, es llanto? No, escucha con atención, es un canto. Cantan la gloria de sus héroes. Los héroes que han enjaulado a los furibundos titanes. Los ogros, esta noche, no acechan en los caminos, no aguardan duendes bajo la cama. Esta noche no hay peste ni bruma. Hoy solo felicidad. La felicidad de las buenas gentes del mundo. La alegría. La vida, el orgullo por ser más fuertes. Sí, hemos vencido. Sí, nosotros podemos.

A hombros entran los gigantes; exhaustos, bravos, enhiestos como el ciprés de Silos. Mudos a la sombra de las voces de quienes les aclaman. Alzan sus copas y sus armas, brindando ante las estrellas que guían a sus porteadores. Es el universo, ahora, aquí, por toda la eternidad.

Y el canto que no cesa.

El suelo, temeroso tiembla al sentir sus pasos lentos. Es el rey de reyes; solo manso ante la santa que le ungió como predilecto en las arenas. Calla y mira. Es testigo de la gloria que aun está por llegar. Sabe, espera, va, pero volverá para vernos en lo más alto del trono y cedernos su corona. Ruge y agita tu melena, nosotros lo haremos contigo.

Y el canto que no cesa.

Oigo, sobre la barahúnda vaporosa y febril, el agitado repicar de unas campanillas. La mula vuelve de la batalla tan envalentonada como fue, si no más. Se encabrita y cabecea embraveciendo a la muchedumbre. Loca, se agita, y agita el oleaje que la rodea y aclama. Ella es de todos, pero nadie osa montarla. Es libre por derecho propio. Es el agudo zumbido que, frenético, acalla los debes y las ofuscaciones. Y nos anima a vivir.

Y el canto que no cesa

La luz parpadea y los ojos se vuelven maravillados. Baja a tierra, descansa de tu vuelo, oh! emperatriz nuestra, dura es la pelea diaria. Duros nos hemos vuelto a fuerza de soportar los golpes. Pero ya estas aquí. Bate tus alas, míranos a los ojos, y danos paz.

Un revuelo de plumas de oro barre sobre nuestras cabezas, prendiendo los hollines, acuchillando las culebras, elevándonos sobre las nubes. Alabanzas, cánticos y gloria. Vino y rosas esta noche, que mañana será otro día.

Y el canto que no debe cesar…

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